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La mayoría de la gente a la que conozco declara abiertamente que no es xenófoba. Salvo claras excepciones, todos muestran su rechazo hacia la discriminación al extranjero presente en muchos ámbitos de la sociedad. Algunos, además, lo hacen de forma militante.

Como parte de una generación que ha recibido una educación supuestamente progresista e igualitaria, es fácil suponer que presentamos una clara predisposición a no aceptar tesis racistas. De hecho, algunos de nosotros utilizan con orgullo la etiqueta “antiracista”, como contraposición a los supremacistas raciales.

Sin embargo, muchas veces me encuentro ante actitudes o comentarios que demuestran lo contrario. No me refiero a hechos graves, sino a algunos detalles despectivos que muestran que esa igualdad que predicamos no ha calado del todo en nosotros. Cuando estamos ante casos graves, parece que nuestras ideas salen a la luz y nos obligan a posicionarnos en contra de los agresores racistas. Pero, como he dicho antes, es en los pequeños detalles en los que se demuestra que aún nos falta bastante para creer realmente en la “hermandad universal del ser humano”. Parece ser que esos valores se nos han transmitido de forma deficiente, por gente que muchas veces no creía en ellos, limitándose a seguir los cánones imperantes en la sociedad. Por eso, cuando se rasca un poco, salta la brillante capa de la pintura de lo “políticamente correcto” y dejan al descubierto el óxido de los prejuicios que conservamos en lo más profundo de nuestra mente.

Precisamente es el tema de los prejuicios el que lleva una temporada dando vueltas en mi cabeza. Desde el pasado octubre estoy haciendo el proyecto de fin de carrera en Dinamarca. Llegué aquí sin alojamiento, sin la menor idea de como encontrarlo. Pasé unas semanas durmiendo de prestado, de sofá en sofá, porque encontrar algo parecía imposible. Hasta que, al fin, se presentó la oportunidad de alquilar una habitación en algo parecido a una residencia a las afueras de la ciudad. Y digo algo parecido a una residencia, porque se supone que en una residencia de estudiantes, tal como su nombre indica, solamente residen estudiantes. Nada más lejos de la realidad. Aquí viven, además de muchos estudiantes, montones de trabajadores inmigrantes de distintas nacionalidades. Africanos, pakistaníes, chinos, todos se han reunido aquí engañando de alguna manera a las autoridades del centro en busca de alojamiento barato y fácil. Muchos de ellos comparten las habitaciones individuales para ahorrar costes.

Cuando llegamos el primer día a la residencia, nos dijeron que tendría que compartir la cocina con los demás inquilinos de mi bloque. Muchos de ellos, resultaron ser trabajadores africanos y pakistaníes que vivían apiñados en pequeñas habitaciones.  A la hora de la comida y la cena llenaban la cocina y muchas noches se les oía hablar y reír hasta muy tarde. Fue en ese momento en el que pude observar en mí algunas ideas que me dejaron sorprendido. Cuando encontraba la cocina sucia o cuando no podía dormir por el ruido me sorprendía a mí mismo pensando como: ¿Porqué no he podido tener una residencia en la que vivan estudiantes con mis mismas inquietudes, “gente normal” con la que pueda tener un trato más cercano y una convivencia como a la que estoy acostumbrado? Rápidamente me lo quitaba de la cabeza, repitiéndome que esos pensamientos no eran justos. ¿Cómo podía yo, con mi ideas, aceptar que preferiría de antemano vivir con estudiantes europeos que con trabajadores inmigrantes? Era algo que no podía aceptar, pero esos prejuicios volvían a aflorar cuando menos me lo esperaba.

Sin embargo, con el paso de las semanas, los momentos en los que veía que estos prejuicios se intentaban asomar eran cada vez menos. Me fui dando cuenta de que el guarro que dejaba el plato sin limpiar en un armario era el estudiante danés de psicología que vive en la habitación de enfrente. De que los rusos de la 536 no se cortan un pelo al poner “bakalao” a las doce de la noche. De todos los ejemplos de generosidad desinteresada de los compañeros y compañeras. De la poca importancia que le da mucha de esta gente a la propiedad y lo material y, por el contrario, lo que valoran una sonrisa o una charla amistosa. En definitiva, creo que esta experiencia me ha servido para desterrar mis convencionalismos definitivamente y para aprender una lección muy importante:

Que la convivencia puede con todos los prejuicios y que las relaciones humanas no entienden de fronteras, de patrias ni de razas.



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2 Comments

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  1. aupa iñaki! espero que estes bien sigue aprendiendo para que nos enseñes y aprndamos los demas tambien.Articulo para reflexionar, luisa
  2. Un artículo muy valiente. Admitir nuestras propias contradicciones, hacerles frente y superarlas es algo que debemos de hacer todos y todas, durante toda nuestra vida. Es la única manera de seguir adelante!

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